Golpe letal en el Monumental: Boca silenció a River con un penal de Paredes y un final cargado de polémica
El Superclásico disputado en el estadio Monumental dejó una escena que quedará grabada en la memoria reciente del fútbol argentino: Boca Juniors se impuso por 1-0 ante River Plate en un duelo cerrado, tenso y electrizante, definido por un instante clave sobre el cierre del primer tiempo. El equipo visitante supo golpear en el momento justo y luego resistir, mientras que el conjunto local se quedó con las manos vacías y una fuerte sensación de injusticia por lo ocurrido en los minutos finales.
Desde el arranque, el encuentro había mostrado una intensidad propia de los grandes clásicos, con ambos equipos disputando cada pelota como si fuera la última. River intentó imponer condiciones con la iniciativa y el empuje de su gente, generando algunas aproximaciones peligrosas, como la chance más clara de la primera mitad. Sin embargo, Boca se mantuvo firme, ordenado y paciente, esperando su oportunidad para lastimar. El trámite, por momentos, fue parejo y friccionado, con pocas situaciones claras pero una carga emocional constante.
En medio de la intensidad del partido, River también sufrió un golpe inesperado con la salida de Sebastián Driussi, quien debió abandonar el campo tras acusar una molestia física que encendió las alarmas en el banco local. El delantero, que venía siendo una de las principales cartas ofensivas del equipo, mostró claros gestos de dolor y fue reemplazado antes de poder gravitar en el resultado. Su ausencia se sintió en el tramo final, donde River careció de peso en el área rival, y ahora su evolución física genera preocupación de cara a los próximos compromisos, en un contexto donde cada pieza resulta clave.

El punto de quiebre llegó en la última acción del primer tiempo, cuando el árbitro, tras la intervención del VAR, sancionó penal por una mano dentro del área. Allí apareció Leandro Paredes, quien con una ejecución precisa y sin titubeos clavó el balón en el ángulo, dejando sin reacción al arquero y desatando el festejo visitante. Ese gol no solo significó la ventaja parcial, sino también un golpe psicológico determinante antes del descanso.
En el complemento, River salió decidido a revertir la historia y empujó a Boca contra su propio campo. El equipo local monopolizó la pelota y generó situaciones, pero se encontró con una defensa sólida y un rival que apostó al contragolpe para liquidarlo. Incluso, Boca tuvo oportunidades para ampliar la diferencia, aunque la falta de precisión mantuvo el marcador abierto. Mientras tanto, el conjunto “Millonario” fue perdiendo claridad en los metros finales, evidenciando frustración ante la imposibilidad de concretar.

Los minutos finales elevaron aún más la tensión. En la última jugada, River reclamó con vehemencia un penal por un supuesto empujón dentro del área, pero el árbitro decidió no sancionar la infracción ni recurrir al VAR. La polémica desató la furia de los jugadores locales, que rodearon al juez en busca de explicaciones, mientras Boca resistía y esperaba el pitazo final.
Cuando el árbitro marcó el final, la historia ya estaba escrita: Boca celebró en terreno enemigo, cortó el invicto de River y se llevó tres puntos de enorme valor, mientras que el equipo de Núñez quedó envuelto en bronca, reclamos y la sensación de haber estado cerca, pero sin premio. El Superclásico, una vez más, dejó emociones extremas, un resultado ajustado y una polémica que seguirá dando que hablar.






